Opinión

Educación pilar esencial de la transformación digital

El mundo de las tecnologías de la información y la comunicación (TIC) ofrece innumerables temas de análisis y, en algunos casos, desarrollo de proyectos. Lo interesante de ambos aspectos es que cada vez los pasos iniciales que se dan son muy similares. Una vez identificado el problema a resolver, el siguiente paso es determinar las herramientas que se utilizarán para su solución. Una solución que contará con varios, si no todos, de los siguientes elementos: sensores (dispositivos de lectura del llamado Internet de las cosas), servicios de analítica, servicios de almacenamiento en la nube, aplicaciones dedicadas y una red capaz de transmitir información bidireccionalmente a alta velocidad.

Una vez completada esta etapa, nos encontramos con las llamadas reiterativas de una transformación digital transversal. Es decir, es llevar esa fórmula inicial a todos los segmentos de la economía, atravesándolos como si fuera una telaraña que tiene la capacidad de compartir información entre todos los puntos que conecta.

Una vez alcanzado este punto, la ecuación se vuelve más compleja y al carácter transversal de la economía 4.0 comenzamos a agregar protocolos de seguridad y otras limitaciones que son impuestas por el marco legal de la jurisdicción donde se ubicarán los sensores que colaborarán en la realización de procesos. regalo. gobierno burocrático u operaciones dentro de la empresa privada en menos tiempo del demostrado históricamente.

Todo bien desde una perspectiva centrada en la productividad y la eficiencia. Sin embargo, en el mundo de la tecnología y la economía, nada es tan simple como parece. Primero, consideremos que todos estos procesos realizados de manera más eficiente pueden clasificarse en dos grandes grupos: tecnologías habilitadoras y tecnologías de reemplazo.

Como se puede imaginar, las tecnologías de reemplazo son aquellas que hacen obsoletos ciertos trabajos, dejando a su paso a personas que tienen que volver a capacitarse en otras habilidades para que puedan reintegrarse nuevamente a la fuerza laboral. Por supuesto, nada es tan simple como parece y las consecuencias psicológicas y sociales de este proceso pueden ser bastante crueles para quienes no tienen la orientación o el apoyo necesario para reinventarse en el trabajo y buscar un nuevo empleo.

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El otro extremo son las tecnologías habilitadoras, aquellas que generan oportunidades laborales para las personas que ya se encuentran en el lugar de su despliegue ya que colaboran con el trabajador aumentando su productividad y, por tanto, su valor frente a su empleador.

Lo sorprendente de este proceso es que históricamente, desde la época del Imperio Romano hasta la actualidad, los más afectados por los procesos de reemplazo son los trabajadores con menos habilidades y educación. Los estudios académicos en esta área son numerosos, basta con entrar en una biblioteca y buscar los escritos de Acemoglu, Biacabe, Bormann, Frey, Restrepo y Wisskirchen para encontrar evidencia empírica de cómo los beneficios de los avances tecnológicos no se han distribuido simétricamente entre la población. Los más vulnerables han sido los que han sufrido la peor parte.

En el pasado, los gobernantes podían optar por continuar con procesos ineficientes y rechazar la implementación de nuevas tecnologías, por temor a que el costo político de un número creciente de desempleados pudiera amenazar su mandato. Experiencias como esta se pueden encontrar tanto en la era imperial de Roma como en los reinos de Polonia e Inglaterra durante la Edad Media, por nombrar algunos ejemplos. En la actualidad, este enfoque no es posible ni deseado ya que se trata de buscar el beneficio del mayor número de personas de la población.

¿Cómo afrontar la inevitable automatización de los próximos años? ¿Cómo amortiguar el impacto de las tecnologías de reemplazo?

En otras latitudes, los gobiernos han estado explorando formas de actualizar y mejorar la educación de las personas para que el nuevo número de desempleados de carreras pueda ser atendido tanto que gradualmente se estén volviendo obsoletos (es importante resaltar que no es un proceso inmediato sino lento) y simultáneamente crear las estructuras necesarias para brindar las herramientas y habilidades necesarias a las que debe atender la nueva fuerza laboral, la que surge como resultado de la automatización.

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Es precisamente en este punto donde se debe implementar la famosa transversalidad que se predica como parte de la famosa transformación digital. Los gobiernos deben revisar sus iniciativas y comenzar a diseñar esquemas pedagógicos y formativos que respondan a las grandes transformaciones que está atravesando el campo laboral. Desde la creación de escuelas técnicas para la reconversión de los trabajadores hasta el aumento de carreras técnicas que se ofrecen en el mercado.

El trabajo es complejo y no debe limitarse a centrarse en universidades u otros centros de estudios terciarios, sino comenzar a enseñar habilidades digitales desde la escuela primaria. Deben existir incentivos que permitan a un trabajador ingresar a estudiar una carrera técnica corta que le permita vivir en un entorno cada vez más digitalizado sin tener que preocuparse por no recibir un salario para pagar las facturas que llegan a su hogar cada mes.

En otras palabras, no puede haber transformación digital y no se puede esperar el éxito de una estrategia nacional de conectividad si no tiene la educación como columna vertebral. Al final, el principal recurso que tienen los países no son sus dispositivos o la tecnología de su infraestructura de telecomunicaciones, sino el capital humano que tienen.

Ojalá los políticos de turno no lo olviden.

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