Economía

Johnson sacrifica a la industria turística para alcanzar su “día de la libertad”

Boris Johnson, primer ministro británico (izquierda) en una clínica de vacunación de Londres, el pasado 3 de junio.
Boris Johnson, primer ministro británico (izquierda) en una clínica de vacunación de Londres, el pasado 3 de junio.MATT DUNHAM / AFP
 

Sergio Dionisio, de 42 años, ya no sabe si tomárselo a broma o estallar en cólera. El portugués, casado con una española de Santiago de Compostela, lleva más de veinte años en Londres al frente de una modesta pero exitosa empresa de servicios de limpieza de oficinas. Su refugio es la casa que se compró hace ya tiempo en el Algarve, en la costa sur de su país natal. Cuando, a principios de septiembre del año pasado, el Gobierno de Boris Johnson comenzó a ponerse nervioso y se desató el rumor -confirmado días después- de que se iba a cancelar el “pasillo de viaje” entre el Reino Unido y Portugal, Sergio tuvo que pagar una cifra desorbitada por los billetes de regreso de los tres miembros de la familia: su mujer, su hijo y él. El pasillo apenas había entrado en vigor el 22 de agosto. Los británicos que disfrutan estos días de sus vacaciones en las playas portuguesas han sido advertidos por sorpresa de que, si no están de vuelta antes de las cinco de la madrugada (hora peninsular española) del próximo martes, deberán someterse a una cuarentena obligatoria de diez días.

Los escasos vuelos de regreso disponibles se han disparado. British Airways cobra más de 400 euros por el trayecto Faro-Londres si se realiza este domingo o el lunes. El mismo viaje, a partir del martes, se reduce a 160 euros. “Por suerte nosotros teníamos planeado ya el regreso para el lunes”, cuenta Sergio por teléfono. “Esto es una locura, y no tiene lógica alguna. Dicen que han detectado aquí dos casos de la llamada variante del Nepal, de los que nadie sabe nada. Esto está lleno de ingleses y tienen serios problemas para volver. Para los restaurantes y bares va a ser devastador”.

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Las razones de los bandazos en las recomendaciones de viaje del Gobierno de Johnson, que han logrado irritar a todo el mundo, son más políticas y psicológicas que estadísticas. Su decisión de aislarse prácticamente del mundo para preservar los avances domésticos logrados en la lucha contra la pandemia amenazan con dar un golpe de gracia a la industria turística. “Ya ha quedado claro que la estrategia sanitaria nacional del Gobierno sigue impidiendo cualquier reanudación significativa de los viajes internacionales”, asegura Mark Tanzar, director ejecutivo de la Asociación Británica de Agentes de Viaje (ABTA, en sus siglas en inglés). “No se puede alcanzar la recuperación de un sector que mueve miles de millones de libras si los principales destinos turísticos siguen fuera de la lista verde”.

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España, Francia, Italia, Grecia y ahora Portugal han quedado fuera de una lista de once países o destinos seguros en los que ahora solo están Estados Unidos, Australia, Israel o Gibraltar. De hecho, ningún país de la UE forma parte de esa lista. La próxima revisión, que Downing Street realiza cada tres semanas, será el 28 de junio. Será difícil que la situación cambie mucho. Después de un invierno de penuria, con hospitales desbordados y miles de muertos más (el Reino Unido acumula ya más de 130.000 fallecidos por la covid-19), Johnson y una parte relevante de sus ministros, encabezada por el de Sanidad, Matt Hancock, se resisten a poner en riesgo la recuperación alcanzada con la combinación de cuatro meses de confinamiento y una vertiginosa campaña de vacunación: 40 millones de ciudadanos, el 60% de la población, han recibido ya una primera dosis de inmunización. Cerca de 30 millones han completado la pauta, con dos inyecciones.

Es un momento especialmente delicado. Por varios motivos. Es necesario un acelerón final para lograr que toda la población adulta esté inmunizada cuanto antes. La nueva variante india (conocida ahora como “variante Delta”) lleva camino de ser la predominante en el país, y ha acelerado un ritmo de contagios que se había aplanado prácticamente a mediados de mayo. Según la Oficina Nacional de Estadística, unas 100.000 personas dieron positivo por coronavirus en la semana del 24 al 30 de mayo. 60.000 casos más que la semana anterior. Un incremento de dos tercios. Sin embargo, las cifras de muertes y hospitalizaciones siguen siendo muy bajas. El Gobierno de Johnson quiere comprobar la verdadera eficacia de las vacunas ante las nuevas variantes -en Portugal se habría detectado la ya mencionada mutación del Nepal- y preservar su precario éxito.

El político conservador, cuya popularidad apenas ha comenzado a remontar, prometió a sus conciudadanos que el 21 de junio llegaría el Freedom Day (El Día de la Libertad) y el Reino Unido volvería a una situación de práctica normalidad, en la que regresarían los eventos de masas y se dejaría de recomendar el trabajo desde casa. Johnson está dispuesto a anteponer la conquista de esa libertad doméstica a los sueños de vacaciones de cientos de miles de británicos. “Estamos absolutamente decididos a mantener seguro nuestro país, especialmente frente a las nuevas variantes procedentes del exterior”, ha dicho Hancock durante la reunión de los ministros de Sanidad del G-7 celebrada este viernes. Las restricciones del turismo no son una decisión fácil, añadía, pero son fundamentales para proteger el éxito de la campaña de vacunación. “Si finalmente han acabado por sacar de la lista verde a Portugal, la confianza de los ciudadanos en la seguridad a la hora de viajar se va a arruinar del todo. Vamos a ver cómo se anulan reservas que ya se habían realizado y la preocupación se va a extender aún más entre todas las agencias de viaje”, advierte Virginia Messina, vicepresidenta del Consejo Mundial de Viaje y Turismo (WTTC). “Hay muchos países con un nivel de vacunación similar al británico, y cifras de contagio tan bajas como las del Reino Unido. Debería restablecerse cuanto antes la posibilidad de viajar a esos destinos”.

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Existe además la sospecha, que ya se dio el verano pasado, de que el Gobierno británico estaría intentando fomentar la llamada “staycation” (un juego de palabras que combina stay, quedarse, y vacation, vacaciones), un modo de retener en casa el dinero ahorrado durante meses de confinamiento forzoso. Pero es un arma de doble dirección, porque la oferta turística del Reino Unido no tiene la capacidad ni el atractivo de países como España, a la que acuden millones de británicos cada año. Y porque las restricciones impuestas también suponen un freno para ese otro turismo más cultural que ofrece Gran Bretaña. Según cálculos de la asociación VisitBritain, 2021 se cerrará con unos ingresos estimados de visitantes de unos 60.000 millones de euros. Dos años antes, el Reino Unido recibió más de 105.000 millones de sus visitantes extranjeros.

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