Opinión

El domingo, a votar con la nariz tapada

La democracia latinoamericana también se encuentra intubada en salas de terapia intensiva.

Perú tendría que elegir el mal menor el próximo domingo (Keiko Fujimori), pero no se descarta que elija el mal mayor (Pedro Castillo).

El apellido Fujimori hace viajar a los peruanos a una de las etapas más oscuras de su historia contemporánea. El expresidente Alberto Fujimori se encuentra en prisión condenado por diversos crímenes como violación de derechos humanos, corrupción, peculado y usurpación de funciones, entre otras. Vladimiro Montesinos, brazo criminal de Alberto Fujimori, se desempeñó como jefe de facto del Servicio de Inteligencia Nacional de Perú. Su desempeño criminal lo noveliza Mario Vargas Llosa en Cinco esquinas (Alfaguara).

Keiko Fujimori promete indultar a su padre en caso de ganar las elecciones. Su decisión desincentiva el voto en un segmento demográfico que no ha logrado olvidar la década roja (1990-2000) que gobernó Fujimori.

Keiko se presenta por tercera ocasión a las elecciones presidenciales. Nada nuevo en sus propuestas logra generar expectativas en una mayoría del electorado. El atractivo de votar por ella es la derrota de su contrincante, Pedro Castillo.

Pedro Castillo es un maestro de primaria carente de experiencia política. Este rasgo lo catapultó a la segunda vuelta de las elecciones presidenciales. La clase política fatigó a los peruanos. Votar por los candidatos antisistema genera esperanza y entusiasmo, aunque casi siempre sean meras ilusiones.

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Castillo ha propagado durante su campaña las ofertas electorales que la mayoría de los peruanos desean escuchar: no más corrupción y orgullo nacionalista. Ingredientes necesarios para ganar en tiempos post Odebrecht.

El riesgo de la seducción está en ofrecer recetas que resulten envenenadas.

Entre sus ofertas descabelladas, Castillo ha propuesto el cierre del Congreso. Así de peligroso. Crear una réplica de la Asamblea Constituyente venezolana desarrollada en el laboratorio de Nicolás Maduro para suplantar a la legítima Asamblea Nacional que era controlada por la oposición. Si el problema es político, acabemos con la política, sería la conclusión de Castillo.

Cuando Pedro Castillo menciona que revisará los tratados de libre comercio de su país, lo que esconde es su deseo de echar abajo el sistema de libre mercado para sustituirlo por un sistema que dependa de su eventual presidencia.

El efecto Odebrecht ha generado el suicidio de un expresidente (Alan García), ha llevado al hospital a otro (Pedro Pablo Kuczynski), uno más está prófugo (Alejandro Toledo) y otro no puede salir del país (Ollanta Humala).

Al llegar al poder Martín Vizcarra le aportó seriedad a la lucha anticorrupción. Sin embargo, la oposición desde el Congreso, se le hizo fácil derribarlo a través de un juicio de vacancia por incapacidad moral sustentado por supuestos hechos ocurridos en su etapa de gobernador de Moquegua.

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Jugaron con fuego y terminaron chamuscados.

El votante peruano que se presente el domingo frente a las urnas se enfrentará a un panorama desolador. Dos personajes que no aportan certidumbre al país.

Con mayor frecuencia se escucha, la mayoría de las veces en Latinoamérica, que las preferencias electorales se sustentan en votar por los candidatos menos malos de las contiendas. La oferta es anémica. El campo político es árido y desolador.

Para sectores de la población el ecosistema de la política se ubica en las redes sociales. Un ejemplo es El Salvador, país que ha entregado su apoyo a Bukele. Un político que hace política a través de Twitter emulando al estadounidense Donald Trump. La emoción ha derrotado a la razón.

Nunca antes el autoritarismo había generado tantas simpatías como ahora. Jimmy Morales, un cómico guatemalteco acostumbrado a las risas grabadas, saltó a la presidencia.

El domingo, a votar con la nariz tapada.

@faustopretelin

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