Opinión

¿Ariel Sharon lo hubiera hecho mejor que Kushner y Trump?

Se perdieron cuatro años en la elaboración de la ruta crítica sobre la relación entre Israel y Palestina debido a los experimentos que Jared Kushner y Donald Trump realizaron en su laboratorio de la Casa Blanca.

Lo llamaron el “acuerdo del siglo”, y sólo ellos dos, con la satisfacción y gratitud del primer ministro Benjamin Netanyahu, delinearon el futuro de un estado palestino bajo la tutela de Israel y con una clara tendencia hacia el crecimiento de los territorios colonizados. Se trataba de un acuerdo, pero sin la participación de uno de los involucrados.

En medio de su ceguera política, el olfato del dinero se convirtió en una especie de única guía o bastón en toda negociación de política exterior de parte del presidente Trump. Lo mismo en el seno de la OTAN que en la relación bilateral con México o con Arabia Saudita, Trump les pidió dinero para “aceitar” la relación: incrementando las aportaciones financieras para la defensa común; construyendo un muro y colocando a la Guardia Nacional en la frontera con Guatemala, y firmando jugosos contratos en la compra de armas; respectivamente.

Lo que el dueto de empresarios Trump/Kushner deseaban a cambio de 50,000 millones de dólares, adicional a la tutela del estado israelí y la expansión de territorios ocupados, era la negación de la cocapitalidad de Jerusalén y el retorno de los refugiados, e incluso, se abría el escenario de “reasignar” una parte de la población árabe israelí a Cisjordania, gobernada por el brazo político del grupo terrorista Hamás.

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Pero los empresarios y negociadores Kushner/Trump han abandonado su laboratorio en la Casa Blanca. Ahora, el actual conflicto tiene una métrica elaborada en los laboratorios de Hamás y en el desgaste súbito del primer ministro Netanyahu producto de casos de corrupción.

Se tuvieron que concatenar dos sucesos para que estallara la herencia de los empresarios Kushner/Trump: el desalojo violento en la mezquita Al-Aqsa el lunes pasado en Jerusalén, ordenado por Netanyahu, y el disparo de cohetes hacia Tel Aviv, ordenado por Hamás.

El conflicto viaja cuatro años atrás, 2016, escenario heredado por Obama, y resulta imposible pensar en 2005 cuando el primer ministro Ariel Sharon se disponía a llevar a cabo la retirada unilateral del territorio ocupado de la Franja de Gaza, lo que representaría en los meses siguientes la evacuación de una veintena de asentamientos judíos.

Sharon, el mismo general que devolvió a Egipto en 1982 lo que él mismo había luchado en la guerra de los Seis Días en 1967 y en la de Yom Kippur en 1973, y lo hizo desalojando a los colonos que se resistían.

En 2006 Sharon sufrió un derrame cerebral y lo dejó en estado de coma, murió en 2014 y nunca sabremos en dónde iba a terminar su ruta crítica con Palestina en caso de haber seguido al frente del gobierno.

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Es claro que ambas partes del conflicto carecen de liderazgo y cada uno de ellos obtiene apoyo de su población mientras más sumergidos se encuentren en el laberinto entrampado.

Joe Biden tendrá que estrenarse esta semana en el conflicto llenando lo que voluntariamente ha dejado vacío por una semana. Su silencio en el Consejo de Seguridad equivale a lo que dijo el miércoles: Israel tiene derecho de defenderse del ataque de Hamás desde la Franja de Gaza.

Pero si Estados Unidos perdió cuatro años, también hay que decir que Arafat perdió la oportunidad que representaban los acuerdos en Camp David de 2000. Desde ese momento poco se ha avanzado. Son 21 años que, por incapacidad, por indiferencia o por interés, líderes de ambas partes eligen el camino de la falsa victoria.

De gobernar Sharon en estos momentos, ¿forzaría la retirada israelí de Cisjordania?

Ya no está él, pero tampoco Kushner/Trump.

@faustopretelin

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