Opinión

Al maestro, con retraso (pero todavía aprendiendo)


 

Si de recordar y celebrar se trata, cualquier pretexto es bueno. Aunque existan fiestas más divertidas que otras. No es lo mismo la muerte de un héroe que el nacimiento de una calle, ni festejar el día del compadre que el día del idioma español.

Hay que elegir. Porque nuestro innegable afán celebratorio no se detiene y ha llegado a su primera cúspide en este mes de mayo. Ya festejamos Día del Trabajo, la Batalla de Puebla, el Día de la Madre y a las enfermeras. Antier les tocaba a los maestros. Sin embargo cayó en sábado (de pandemia), estaba nublado -o hacía un calor horrible- quedó corta la intención y no hubo fiesta. Vamos con retraso pero hoy empieza otra semana. Más vale tarde que nunca.

El maestro es aquella persona que tiene habilidad extraordinaria para enseñar y compartir sus conocimientos con otros. Es guía para estructurar el pensamiento, pauta en el proceso de maduración, vital para el desarrollo de capacidades intelectuales, habilidades, destrezas y técnicas. Al final, para estar preparado y saber ganarse la vida, pero en un principio para distinguir entre el rojo y el azul, la suma y la resta, descifrarlos mensajes de las letras reunidas y acceder a las maravillas del conocimiento. Para eso, se supone, sirve la educación. Para eso sirven los maestros.

Alrededor del mundo y a lo largo de la Historia los maestros siempre aparecen. Ya sea como religiosos, filósofos, humanistas, lingüistas, doctores, senseis o gurús. No está de más saber -soi de etimología se trata- que el término “profesor” viene de la voz profesar que en alguno de sus sentidos quiere decir “ejercer una ciencia, un arte o un oficio y que además implica “ejercer un oficio con inclinación voluntaria y continua”.  Es decir que “profesar” es mucho más que simplemente ejercer o enseñar una materia con inclinación voluntaria, también equivale a consagrarse y dedicarse a tal actividad de manera total.

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En algunas religiones y tradiciones se usa el término maestro para designar a los guías espirituales. También se aplica a aquellas figuras históricas que impartieron enseñanzas notables y perduraron a través del tiempo. Personajes como Jesús, Buda, Mahoma, Confucio y Lao Tse, quienes además de ser líderes espirituales dejaron enseñanzas que han cambiado la historia del pensamiento y del mundo. Maestros en varias artes y oficios como la música, arquitectura, literatura, pintura o albañilería, cocineros, catadores y hasta mezcladores de licores. Un maestro, dice la sabiduría clásica y popular, es también quien volviendo a hacer el camino viejo aprende el nuevo.

El origen de nuestro Día del Maestro se remonta al año de 1917 cuando un par de diputados presentaron ante el Congreso de la Unión el proyecto de instituir un día para reconocer al magisterio. El 27 de septiembre del mismo año se logró la aprobación y al año siguiente, el 15 de mayo de 1918, se celebró en México por primera vez. Fue una fiesta ininterrumpida a partir de aquella fecha y con conmemoraciones donde siempre se citaba a figuras ilustres del magisterio nacional (ya lo sabe usted lector querido: nadie en el mundo ha tenido maestros como los nuestros). Repasemos aplicadamente a un par de ellos.

El maestro Ignacio Manuel Altamirano, oriundo de Tixtla, Guerrero y llamado Padre de la Literatura Mexicana, fue el primero en decir que la ciencia es el gran antídoto contra el falso entusiasmo y la superstición. Héroe de la Reforma y testigo del fusilamiento de Maximiliano, se destacó entre los innumerables escritores y mentes brillantes del siglo XIX mexicano porque les dio clases a muchos. Llegó a ser encargado de la biblioteca del Instituto Literario de Toluca y del Colegio de San Juan de Letrán y, por supuesto, un voraz lector de clásicos y modernos. Tan conocedor del pensamiento enciclopedista y los tratados de su época que fue el primer escritor en proponer una literatura verdaderamente nacional. Abogado y cronista, fue también maestro de primeras letras, dramaturgo y hasta apuntador en una compañía teatral itinerante.

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Justo Sierra, de origen campechano, llamado el Maestro de América, además de haber sido también escritor, fue varias veces diputado al Congreso de la Unión y lanzó un proyecto educativo que sería aprobado en 1881 y otorgaría a la educación primaria su carácter de obligatoria. Suyo fue el proyecto de fundar la Universidad Nacional de México y de su autoría la mejor biografía jamás escrita sobre Benito Juárez.  A finales del porfiriato, Sierra expuso una teoría política pugnando por un Estado que habría de progresar por medio del conocimiento y la sistematización científica. Y acuñó también su famosa frase: “la grandeza de un pueblo se mide en su educación”. (Una verdad que todavía sacude a los que estamos horrorizados por los tiempos que corren y hartos de los que no saben ni leer y ponen escuela).

Pero olvidemos idiocias y pesares. Sigamos celebrando y aprendiendo. Dejemos de pensar en los maestros que no enseñan, los alumnos que no aprenden y la educación que falta. Al final, nuestro mejor maestro resulta ser nuestro último error… y siempre podemos repetir el curso.

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