Opinión

No mentir, no robar, ¿y no aumentar el precio de la luz?

De tanto que el presidente López Obrador lo repite, el compromiso de no aumentar el precio de la luz está alcanzando el mismo nivel que “no mentir, no robar y no traicionar al pueblo”. Es un rango, al menos en su discurso, supraconstitucional. En su cabeza, justifica impulsar una ley que viola la Constitución; y, si se ofreciera, una iniciativa de reforma para alterarla.

A la luz de los datos duros del costo de generación de energía eléctrica de los últimos dos años, no es más que un slogan político. Es una frase que, cuando no está hueca, es profundamente engañosa.

Para empezar, es un ejemplo flagrante de la predisposición de los políticos para colgarse medallas ajenas. En la medida en que los costos de generación “no hayan subido”, difícilmente se puede atribuir a un esfuerzo titánico de la CFE para modernizar y mejorar el parque de generación del país –o a ampliar la red de transmisión y distribución, donde prácticamente no hay ningún cambio. La poca nueva capacidad instalada de CFE –limitada a proyectos como Laguna Verde, Humeros, el Proyecto Integral Morelos y algunas de las centrales de Empalme— es una mirruña comparada con la contribución de la inversión privada en el tema. En los últimos dos años, han entrado en operación más de 40 centrales que representan muchos miles de megawatts privados.

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Pero, en este caso, el protagonismo desmedido resulta ser el menor de los pecados. Impulsado tanto por las mayores eficiencias de las nuevas centrales (mayormente privadas) como por el mayor acceso al gas texano, que bajó de precio, la realidad es que los costos de generación no sólo “no han subido”. Han caído dramáticamente. En la última mitad de 2018, el costo de generación del megawatt-hora más caro en ser despachado el mercado eléctrico mayorista rondaba entre los 60 y 80 dólares. Durante 2020, rondó entre los 20 y 40 dólares.

Desafortunadamente los datos muestran que la CFE, que pregona su dimensión social, ha sido torpe o egoísta ante los movimientos del mercado. Mientras que el precio del megawatt-hora al que CFE puede adquirir la electricidad cayó en más de 50%, las tarifas que cobra a los grandes consumidores han registrado disminuciones apenas marginales, de menos de 10% entre periodos comparables. No hay muchas posibles explicaciones para el 40% faltante: o se perdió por falta de pericia y predisposiciones ideológicas, o sencillamente se quedó en el bolsillo de la CFE.

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La historia con los consumidores residenciales, donde las tarifas han permanecido en general planas, no es muy diferente. Presumir que no subieron disfraza que, si la Administración del presidente López Obrador hubiera respetado el paquete de subsidios que tenían al terminar el sexenio anterior, el costo de la luz para los hogares en realidad debió haber bajado radicalmente.

No mentir, no robar y, ¿no subir el precio de la luz? ¿No es un slogan indignante? Mientras hogares y negocios mexicanos sufren económicamente con la crisis provocada por la pandemia, la CFE se quedó –habrá que investigar para qué uso– con todos los ahorros que los mercados y las inversiones privadas generaron para los mexicanos. Y, ante sus actos, el presidente no sólo espera cosechar aplausos y reconocimiento político, sino el capital político para reconquistar su viejo lugar como el generador, transmisor, distribuidor y suministrador absolutamente prioritario de todo el territorio nacional.

@pzarater

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