Opinión

“En casa y con la pata quebrada”

El añejo refrán “en casa y con la pata quebrada” sintetiza la doble condición de opresión de las mujeres en las sociedades que llamamos patriarcales: permanecer fuera del espacio público, sujetas a la tutela de un varón (marido, padre, pariente) y aguantar la violencia (física, sexual, psicológica, económica) que entorpece o paraliza.

El anuncio del presidente Erdogan, el viernes pasado, de que Turquía abandona el “Convenio del Consejo de Europa sobre prevención y lucha contra la violencia contra la mujer y la violencia doméstica”, conocido como Convención de Estambul,  nos recuerda la fragilidad de los avances de las mujeres hacia la emancipación bajo regímenes autoritarios.  En el imaginario de éstos, las mujeres, sobre todas las feministas, se configuran como “enemigas”. El orden con que sueñan no supone una igualdad que favorezca una convivencia más armónica entre hombres y mujeres y con las personas de la diversidad LGBTT+; se sustenta por el contrario en la  institucionalización  de las desigualdades y en el retorno (o preservación)  de las mujeres a la reclusión bajo la  tutela de algún sabio varón en una “fraternal” familia.

La Convención de Estambul  por sí misma no elimina la violencia contra mujeres y niñas. Obliga a los Estados miembro a adoptar medidas de prevención, protección y sanción contra las violencias machistas y a establecer políticas públicas integrales con los recursos suficientes. Especifica, además, que la violencia no puede justificarse por motivos culturales o religiosos, lo que sin duda alude a los “asesinatos por honor” o los matrimonios forzados, pero podría ampliarse a otras prácticas impuestas. Al retirarse de esta Convención, de la que fue primer país adherente en 2011 con la aprobación de su Parlamento, como recordó el Consejo de Europa en su comunicado oficial, Turquía priva “a las mujeres turcas de un instrumento vital para contrarrestar la violencia”, abandona sus obligaciones y desecha la cooperación internacional para estos fines. 

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Las manifestaciones contra este descarado gesto de normalización de las violencias machistas movilizaron a miles de mujeres este fin de semana: saben todo lo que pueden perder o seguir perdiendo en un país con altas tasas de feminicidio que las cifras oficiales (300 en 2020) ocultan, donde el confinamiento, como en otras regiones, ha recrudecido la violencia en el hogar y donde hasta las manifestaciones del 8 de marzo han sido criminalizadas. El 10 de marzo, fueron arrestadas 18 activistas  feministas por corear “Corre, corre, Tayyip [Erdogan], ahí vienen las mujeres” en la marcha del #8M, acusadas de “insultos” a la autoridad, “delito” que se castiga hasta con 4 años de cárcel, según reporta Human Rights Watch.

La represión contra las feministas se suma a la persecución, agudizada desde el fallido “golpe de Estado” de 2016,  contra periodistas, integrantes de la academia, personas de la comunidad LGBT+, población kurda y grupos de oposición al presidente, quien busca mantenerse en el poder y establecer un control absoluto, así sea con el apoyo de fuerzas políticas y religiosas ortodoxas y a contracorriente del laicismo que por décadas contuvo en ese país el crecimiento de los fundamentalismos y favoreció la inclusión, la diversidad y la emancipación de las mujeres.  Hoy éstas enfrentan a un gobernante que las considera inferiores a los hombres, sugiere que deben tener al menos tres hijos (para ¿cumplir su “destino”?),  y lanza a la sociedad el ominoso mensaje de que el Estado ni siquiera simulará garantizar los derechos humanos de niñas y mujeres, mera moneda de cambio.

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Ante esta nueva oleada autocrática, las democracias europeas, también amenazadas por corrientes autoritarias, debería valorar si la contención migratoria en su frontera oriental amerita convalidar violaciones crecientes de derechos humanos. Para las mujeres en ésa y otras regiones, la política del régimen turco es un nuevo recordatorio de la amenaza radical que representan los autoritarismos para la autonomía, la diversidad y las libertades.  

@luciamelp

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