Opinión

Competencia y utilidades

Independientemente de cuál sea nuestra fuente de ingresos, todos somos consumidores. Está en nuestro interés que con el ingreso escaso y limitado del que disponemos, podamos adquirir los bienes y servicios que satisfagan la mayor cantidad posible nuestras necesidades. Cuando decidimos qué bienes vamos a adquirir, también tenemos que decidir a quién se los vamos a comprar. Dado que nuestros recursos son limitados y escasos frente a las múltiples necesidades que deseamos satisfacer, tenemos el incentivo para adquirirlos de aquellas empresas que lo vendan más barato (dada la calidad) o nos ofrezcan los bienes de mayor calidad (dado el precio).

Dado lo anterior, la mejor estructura de mercado a la que nos podamos enfrentar los consumidores es una en la cual rige la competencia y la peor es un monopolio ya que bajo este arreglo los consumidores nos enfrentamos a una decisión binaria: consumir el bien al precio que fije el monopolista o no consumirlo; si son un gran número de consumidores (se trata de un mercado atomizado por el lado de la demanda), el que algunos pocos decidan no adquirir el bien ofrecido por el monopolista, no tiene ningún impacto significativo sobre el precio al cual vende ni sobre la renta monopólica que le extrae a los que sí deciden adquirirlo. El que el monopolista tenga utilidades depende, además, de su estructura de costos; si los ingresos que obtiene, renta monopólica incluida, no cubren sus costos totales de producción tendrá pérdidas.

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Por el contrario, si el mercado se caracteriza por ser uno en donde rija la competencia, dado que los consumidores tenemos varias opciones para elegir, aquella empresa que busque vender a un precio mayor u ofrezca bienes de menor calidad sin ajustar por ello el precio a la baja, tenderá a enfrentar una caída en la demanda; si la empresa no corrige su actuación, a la larga quebrará y saldrá del mercado. Es este arreglo el que permite que solo operen aquellas empresas que sean más eficientes.

También este arreglo competitivo es el que deriva que las empresas obtengan utilidades “normales”. En un mundo idílico de competencia perfecta en donde todos los mercados (bienes, factores, laboral y financiero) y con perfecta movilidad de los factores de la producción, las utilidades “normales” serían iguales al costo de oportunidad del capital e iguales a su vez a la tasa de interés. En este mundo no existe un premio a la capacidad empresarial porque todas las empresas son idénticas y venden bienes homogéneos.

El arreglo de competencia perfecta es solo un modelo teórico pero lo que sí existe es la  competencia pura. En esta estructura de mercado, las empresas compiten entre sí pero hay otros elementos que entran en juego: los consumidores pueden distinguir los bienes que ofrece cada una de las empresa, tanto en precio como en calidad y servicio y no todas las empresas son idénticas; difieren en tamaño, estructura de costos, localización y capacidad empresarial. Aquellas empresas que tengan una mejor localización (lo que reduce los costos de búsqueda y acceso para los consumidores) y sean más eficientes (tengan menores costos unitarios y sean mejor administradas reflejando la capacidad empresarial del dueño/administrador) tenderán a tener utilidades que más que les cubra el costo de oportunidad del capital. Otras cubrirán sólo este costo y, en el corto plazo, podrá haber algunas que operen con perdidas.

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Cuando el presidente dice que las empresas deberían tener utilidades “razonables”, además de que este término no existe, si el objetivo es que las empresas tengan utilidades no significativamente superiores al costo de oportunidad del capital y se busque el mayor bienestar posible para los consumidores, la recomendación es muy clara: eliminar todas aquellas barreras que alejan a los mercados de una estructura de competencia (incluyendo los energéticos).

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