Opinión

De Castilla a Champotón: crónica de una batalla

Foto EE: Especial

 

Fue en la primavera del año de 1517 cuando se realizaba la primera expedición española a las costas mexicanas. La noticia de la existencia de nuevas tierras había provocado ya que desde el otro lado del mundo, hombres de armadura y casco se hubieran lanzado a la mar océano para ver con sus propios ojos si aquello era cierto. Asombrados por paisajes nunca vistos, flores y animales que parecían cosa de sueño, rocas preciosas más brillantes que el metal de sus espadas, los exploradores habían decidido recorrerlo todo y reclamar aquellas tierras como suyas.

Muy bien lo explica el soldado y después cronista Bernal Díaz de Castillo en su Historia verdadera de la conquista de la Nueva España cuando escribe: “hay historias de hechos hazañosos que ha habido en el mundo y justa cosa es que estas, tan ilustres, se pongan entre las muy nombradas que han acaecido, pues a tan excesivos riesgos de muerte y heridas y mil cuentos de miserias pusimos y aventuramos nuestras vidas, así por la mar descubriendo tierras que jamás se había tenido noticia de ellas, y de día y de noche batallando con multitud de belicosos guerreros, muy lejos de Castilla, y; sin tener socorro ni ayuda ninguna, salvo la gran misericordia de Dios Nuestro Señor, que es el socorro verdadero, fue justo y servido que ganásemos la Nueva España”.

Participante de las tres grandes expediciones que partieron de Cuba hacia lo que es actualmente es territorio mexicano, Díaz del Castillo, fue testigo de las primeras glorias de la Conquista pero también de una de las batallas más sangrientas y aterradoras que para la Corona española significaron una vergonzosa derrota.

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No se sabe si era 25 o 26 de marzo. El capitán Francisco Hernández de Córdoba, descubridor de la península de Yucatán y jefe de la expedición y al frente de más de un ciento de soldados navegaba tranquilo. Se había aprovisionado de agua en Campeche algunos días atrás, sin ningún problema –incluso había recibido mantas y regalos de sus habitantes— y dirigiendo los dos bateles y el gran navío, estaba decidido a seguir bordeando la costa…hasta que se dio cuenta que nadie había cerrado los contenedores de agua.

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Entre la furia, el insoportable calor y el temperamento encendido de los marineros la situación se tornó grave. El líquido se había regado, evaporado o desaparecido. Todos estaban a bordo, llevaban muchas horas de camino y el plan de navegación iba a interrumpirse. Tendrían, otra vez, que buscar agua y desembarcar. Navegando hacia el sur y muertos de sed, tres días tardaron en llegar a buen puerto. El lugar, en lengua de indios, se llamaba Chakán Putum. Un sitio que los españoles terminarían bautizando como Champotón.

No se veía mal. Era una hermosa ensenada a donde, nomás llegando, saltaron todos, cada quien con sus vasijas, para llenarlas de agua y calmar la sed urgente. Ya después verían cómo bajarían los tanques para llenarlos. Confiados en que recibirían el mismo trato amable que les habían dado los naturales de Campeche, no tuvieron cuidado ni pusieron resguardo. Lo habrían de lamentar toda su vida.

Queda constancia escrita.

“Ya de día claro –cuenta otra vez Bernal— vimos venir por la costa muchos indios guerreros con sus armas de algodón, y arcos y flechas y lanzas y espadas que parecían de a dos manos y con muchas hondas y piedras. Las caras pintadas de blanco y prieto, banderas tendidas, y penachos y tambores. Y se vinieron derecho a nosotros. Luego hicieron sus escuadrones y nos cercaron por todas partes. Nos dieron tales rociadas de flechas y varas, y piedras tiradas con hondas, que hirieron sobre ochenta de nuestros soldados. Viendo nuestro capitán que no bastaba nuestro buen pelear, y nos cercaban tantos guerreros, y que venían muchos más de refresco del pueblo y les traían de comer y de beber y mucha flecha (…) nosotros, todos heridos de a dos o de a tres flechazos, con tres soldados atravesados de lanzadas por los gaznates y el capitán corriendo sangre de muchas partes (…) viendo que no teníamos fuerzas para sustentarnos, ni pelear contra ellos, acordamos con corazones muy fuertes romper en medio de sus batallones, escapar y acogernos a los bateles que teníamos en la costa”.

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Vacíos de agua tanques y cuerpos, y todos llenos de dolor y sangre, dieron por terminada la expedición. Huyeron.

Ya embarcados en los navíos se hizo el recuento de heridos, muertos y todo lo que habían perdido: cincuenta soldados en el campo de batalla, un par apresados vivos, dos desaparecidos, cuatro que hubo que tirar al mar y la infinita vergüenza de la derrota.

Conocida como “Batalla de Champotón”, aquel episodio fue después rebautizado “Batalla de la Mala Pelea”. Y es que para unos resultó que así fue. Para otros, todo lo contrario. En la infinita reescritura de la Historia –que siempre cuentan los vencedores y pocas veces los vencidos— fue la primera derrota a un ejército invasor extranjero en América. Más cercana y localmente la primera victoria de un pueblo originario mexicano en la defensa de su territorio.

Celebrar o no celebrar. Esa es siempre la cuestión.

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