Opinión

La segunda transformación del México moderno

Como hemos recordado recientemente, al pasar décadas de confrontación interna, invasiones extranjeras, caos administrativo y económico y fragmentación del territorio nacional, se consolidó el Estado nacional con el perfil de una república federal. En ese contexto, entre 1824 y 1855 se conformaron dos grandes grupos políticos, aunque tenían planteamientos heterogéneos en su interior. Por un lado, los llamados liberales; aquellos que sustentaban sus propuestas en el pensamiento ilustrado y la acción política que buscaba transformar la realidad de injusticia y combatir el atraso económico y social de la nueva nación.

En el otro grupo estaban los conservadores, aquellos quienes deseaban mantener el estado de cosas con transformaciones superficiales, aunque fuesen presentadas de forma brillante; es decir, al mejor estilo del gatopardismo, cambiar para que todo siga igual, como describió Giuseppe Tomasi di Lampedusa, en Il Gattopardo, en torno de la unificación italiana, que ocurre también a mediados del siglo XIX.

El México decimonónico se inscribe en la mejor tradición liberal ilustrada que engendra personajes heroicos que dan forma y contenido a las transformaciones sociales de la época. En Los bandidos de Río Frío, Manuel Payno dibuja parte del alma destrozada de la sociedad que busca desesperadamente mantenerse presente, en una realidad que busca el cambio y la redención. Ese México moderno parece dar palos de ciego frente a la convulsión ideológica, la búsqueda de asideros políticos y el empuje de la nueva realidad económica mundial de corte capitalista.

Te puede interesar:  El cochinito del Fonsabi que la 4T busca eliminar

En esta multicolor geografía de personajes, convicciones y proyectos políticos, sobresale la señera figura de Pablo Benito Juárez García, epítome de la nación mestiza que reclama su derecho a existir en el concierto de las naciones, pero con una fisonomía propia que acrisola una época de transformaciones que ocurren en todo el mundo. Juárez, cuyo origen étnico ha sido a la vez glorificado y mitificado, lo mismo que vilipendiado y despreciado, es por muchas razones quien mejor ejemplifica la lucha del pueblo mexicano en su afán de construir su propia identidad con un proyecto nacional que mira a la razón, a la secularización y al progreso como las herramientas más acabadas para lograr sus fines; la libertad en su más amplia acepción, la creación de una sociedad utópica por su igualitarismo y el establecimiento del humanismo laico.

Este es el contenido de las llamadas Leyes de Reforma, que en su conjunto dan el perfil liberal, progresista y moderno de la Constitución de 1857.  La generación de Juárez planteó e instauró algo que ni en las más avanzadas democracias liberales europeas se atrevieron a realizar sino hasta avanzado el siguiente siglo: la separación entre la Iglesia y el Estado. Ese hecho le ha costado la incomprensión y la injuria de la iglesia católica, al tiempo de ofrecerle la gloria y la veneración de pueblos enteros en el continente americano. Por ello fue y seguirá siendo referente nacional y hemisférico. Su imagen pequeña de indígena zapoteca se agiganta con su pensamiento liberal radical.

Te puede interesar:  La Red Limpia (The Clean Network)

Luego vendría esa primera revancha de sus adversarios, en 1862, abrigados por una nueva intervención extranjera y una aventura imperial que, tras los escollos de la resistencia imbatible, volvería inconmensurable el legado juarista tras el restablecimiento de la república en 1867. Ese solo hecho basta y sobra para la honra y el reconocimiento de todo mexicano bien nacido. La figura de Juárez y los liberales que le acompañaron seguirá demostrando que la segunda transformación del México moderno significó su consolidación como nación independiente y que la historia no se escribe por sí misma.

Este contenido fue publicado originalmente en: Link