Opinión

Los malditos particulares

El 28 de enero, un maldito particular pidió que el Poder Judicial se pusiera de su lado con un amparo. Exigía que un juez lo protegiera frente a la decisión de las autoridades políticas, que pedían que todos los ciudadanos defendieran a la nación. 

Ese maldito particular se llamaba Jesús Zapata y ese enero era el enero de 1910. El acto ante el que buscó el amparo fue un llamado a pelear en el Ejército mexicano, un llamado que era para su hermano, el célebre Emiliano. 

¡Ah qué Jesús y ah qué Emiliano! Poniendo en entredicho a las autoridades y usando esa herramienta del diablo que se inventaron los mexicanos para proteger a los particulares del gobierno. Peor: con un amparo sacaron de la cárcel al ferviente partidario zapatista Santiago Orozco, procesado por decir públicamente que Zapata debería ser gobernador de Morelos. Para el Ejecutivo, Orozco hacía apología del delito, pero el juez se puso del lado del particular cuando no encontró más pruebas.

Mal ejemplo. Qué mal ejemplo. El de ellos y el de todos los jueces que durante más de 160 años han protegido a particulares ante detenciones arbitrarias, impuestos inconstitucionales, castigos injustos y hasta prohibiciones indebidas por fumar marihuana. 

Si pudieran asomarse los juristas Mariano Otero e Ignacio Vallarta, si echaran un vistazo Eleanor Roosevelt y Octavio Paz desde sus correspondientes trincheras en la Declaración Universal de Derechos Humanos de 1948, si escucharan los revolucionarios Jesús y Emiliano Zapata la propaganda diaria que se emite como rueda de prensa en los tiempos que corren, verían que las ideas de protección a los individuos no están en el ánimo del Tlatoani en turno. 

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Sin trastabillar, sin pestañear, sin que le diera un tic nervioso, sin ruborizarse, sin acongojarse ni un poco ni avergonzarse ante la historia, el Presidente de México dijo que sería el colmo que el Poder Judicial estuviese al servicio de particulares. Así. Con todas sus letras: “sería el colmo que el Poder Judicial estuviese al servicio de particulares”.

Contextualicemos. Lo dice en contra de un juez que emitió medidas preventivas contra una decisión del gobierno en materia de competencia energética.  

Y la verdad es que el Poder Judicial sí está al servicio de los particulares… ¡por fortuna! Al servicio de particulares que piden justicia frente a otros particulares, al servicio de particulares que piden defensa ante abusos de autoridades, al servicio de particulares que buscan la protección del Estado o que exigen libertad para ejercer sus derechos. 

Sí, para esto está el Poder Judicial. Para velar por la Constitución, cuyo cemento son los derechos fundamentales de, ¡adivinen de quién! ¡De particulares! 

Porque los particulares se llaman ciudadanos, se llaman individuos y si un juez quiere llamarse así, debe velar por los derechos constitucionales por encima de los intereses de un gobierno. 

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Para nuestro infortunio, el actual presidente ve en dos dimensiones: la de los particulares abusivos y la del Estado protector, olvidando convenientemente que los primeros son personas concretas y que el segundo no tiene derechos ni tiene intereses. El que tiene intereses es, en todo caso, el gobierno y en estricto sentido ni siquiera este, sino los que lo detentan, que son otra vez personas. 

El Presidente considera que antes que proteger a un particular si la Constitución le asiste, los jueces deben proteger el proyecto ideológico en turno. En esa lógica, el amparo es una basura y los individuos deben desaparecer como sujetos de la vida pública.  

Cuidado.

Este desliz del Presidente no es anecdótico. Es su visión sobre la política y sus actores, una visión en la que el Poder Judicial, el Poder Ejecutivo y el Poder Legislativo deben estar al servicio del Estado mexicano, al que se identifica con un proyecto ideológico. En esa visión, los poderes no deben estar al servicio de los mexicanos. Esos son unos malditos particulares. Como los hermanos Zapata.

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