Opinión

Un año de pandemia de Covid-19

Las epidemias han tenido más influencia que los gobiernos en el devenir de nuestra historia.

George Bernard Shaw

Hace un año la OMS declaró que el Covid-19 era ya una pandemia. Desde entonces se han contagiado en el mundo más de 120 millones de personas y casi tres millones han fallecido. En México se han contagiado más de dos millones de personas y han perdido la vida más de 200 mil, según cifras oficiales.

La vacunación para combatir el Covid-19 la iniciaron varios países en diciembre pasado, avanza de manera desigual.

En México se diseñó un “Plan Nacional de Vacunación” que deberá ejecutarse en cinco etapas conforme a un calendario definido. Su avance ha sido modesto y desorganizado. A finales de enero el gobierno convocó a los adultos mayores de 60 años para que se registraran en el sitio denominado mivacuna.salud.gob.mx, una vez realizada la inscripción se asignó una clave individual y se indicó que sería llamado para acudir a recibir la vacuna. Sin embargo, se ha podido observar que por excepción se utiliza dicho registro, la mayor parte de quienes se han vacunado se han presentado sin haber sido convocados y sin que se solicitara la clave asignada. Además, el partido en el gobierno utiliza el referido plan de vacunación como parte de su campaña electoral, violando de esta forma, las disposiciones aplicables.

A la fecha se han aplicado en nuestro país 4’404,608 vacunas que equivalen al 3.5 % de la población.

Esta crisis sanitaria ha implicado cambios importantes a las ideas sobre normalidad, vida pública e interacción social.

La población de todos los países fue puesta a prueba y la vida de todos, afectada drásticamente. Millones tuvieron que mantenerse en sus casas; establecimientos de todo tipo tuvieron que cerrar; se cancelaron clases presenciales en las escuelas y universidades, eventos, reuniones familiares y sociales. Se perdieron millones de fuentes de empleo y se cerraron fronteras.

Todos intentamos adaptarnos lo mejor posible a esa nueva circunstancia y buscamos soluciones a algunos de los problemas que se nos presentaron.

Somos testigos de la rápida transformación del mundo y del creciente desarrollo y adopción de nuevas tecnologías que están influyendo en los sistemas existentes que también allanan el camino a sistemas globales y a futuros inimaginables previamente. Todos sabíamos que, dados los avances de los sistemas de comunicación, se avecinaba un cambio radical, pero nadie esperaba que ello sucediera de manera tan precipitada. Muchos se vieron obligados a improvisar sobre la marcha, debido a la crisis de la pandemia del Covid 19.

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Esa transformación nos enseñó que la familia, los amigos, la cultura y el esparcimiento son primordiales. Hemos confirmado que somos seres sociales y que lo nuestro no es estar aislados.

Tristemente esa transformación no ha incluido la adopción de la concordia, no hemos aprendido a vivir juntos ni a comprender a nuestros semejantes. Parece que hemos olvidado que somos seres amistosos, hospitalarios, fraternales y solidarios por naturaleza, y estamos obligados a ser defensores de nosotros mismos y de nuestro prójimo.

Por su parte, el inquilino de Palacio Nacional ha aprovechado este año de crisis para intensificar la polarización desde el discurso oficial, someter al Poder Legislativo y avanzar en el desmantelamiento de los equilibrios y contrapesos institucionales. Esa política nos sumerge cada vez más en un ambiente de discordia y en un caldo de cultivo en el que la violencia aumenta.

No es recomendable creer en el voluntarismo, más que en la voluntad política; ni en el antihéroe, más que en los procesos colectivos; tampoco en el instinto totalitario, más que en la convicción plural, ni en la violencia, más que el uso de la negociación. Así difícilmente lograremos una cultura de la paz.

La degradación, la descalificación, el insulto y la agresión, que ya son parte de nuestra normalidad, son elementos de muy alto riesgo para la sociedad toda. Se observa en las calles, en sitios de afluencia de personas, en las redes sociales y en los discursos y declaraciones de actores políticos y empresariales, de los comunicadores y de los seguidores de cada uno de ellos.

Durante estos doce meses de crisis sanitaria, el confinamiento al que nos hemos sometido ha sido una fuente de controversias, además de las que surgen en la normalidad.

Por su parte, los conflictos legales no se detuvieron durante el cierre de tribunales y juzgados debido a la pandemia. Cuando se reanudaron los servicios jurisdiccionales de manera presencial, se presentaron avalanchas de asuntos que, sin duda, han puesto a prueba la capacidad de respuesta de juzgados y tribunales. Como se sabe un creciente cúmulo de este tipo de controversias precisa de un tratamiento distinto al del proceso judicial y la mediación ofrece esa opción.

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Hay otro universo de conflictos, los de carácter social en los que se encuentran los comunitarios, que se pueden atender en mediación familiar, vecinal, organizacional y policial, por citar algunos ámbitos, que ya hemos abordado en anteriores entregas de esta serie en EL ECONOMISTA.

Un efecto altamente peligroso del aislamiento es la violencia intrafamiliar o doméstica, que es la que se ejerce en el terreno de la convivencia familiar en el seno de un hogar.

Tristemente, como hemos comentado anteriormente, niños y jóvenes en edad escolar hoy no pueden acudir a escuelas ni universidades lo que hace imposible la convivencia y por tanto la tarea prioritaria de aprender a vivir juntos.

Las controversias también surgen o pueden suscitarse en cualquier espacio de convivencia en la comunidad. Para superarlas, las personas deben tener la oportunidad de dialogar democráticamente para que las diferencias se gestionen exitosamente, de tal suerte que se evite un mayor deterioro en el tejido social.

La paz no puede construirse, alcanzarse ni apoyarse en la violencia. Y la violencia no puede conducir a la paz.

Además de cuidarnos, pues los riesgos de contagio persisten, resulta indispensable que propiciemos la armonía, nos hace mucha falta.

Debemos tomar conciencia de que nuestra sociedad se contagia no sólo del Covid 19, también nos estamos contagiando de odio, resentimiento y prejuicios.

Nuestro único antídoto para atenuarlos o neutralizarlos, es el contagio positivo que ofrece la cultura de la paz.

*El autor es abogado y mediador profesional.

Twitter: @Phmergoldd



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