Opinión

Siria, 10 años sin dormir

En el mapa aparece, pero Siria, tal como la conocíamos hace 10 años, ya no existe.

La revolución del optimismo fue víctima del cambio climático: donde señaló la existencia de la Primavera Árabe, era, en realidad, el invierno de la sociedad siria.

Los efectos de la Primavera Árabe fueron descodificados a través de las redes sociales, pero no más. De ella solo queda la Constitución de Túnez, nada más. Egipto conoció las urnas, pero el general Abdelfatah El-Sisi traicionó a su jefe y le asestó un golpe de Estado. Egipto regresó a la dictadura y no pasó nada más.

Libia y Yemen quedaron descabezadas. Se mueven sin destino y sin instituciones. Son estados fallidos. La OTAN entregó a Muamar el Gadafi a sus enemigos para que videograbaran su muerte y la emitieran en 4G a todo el mundo en tiempo real. Yemen se ha convertido en sede de una batalla entre Irán y Arabia Saudita.

Al inicio de la Primavera Árabe Francis Fukuyama estaba contento. Listo para escribir un guion que Netflix llevaría a la pantalla. No hubo tal. Siria demuestra que nunca existió la Primavera Árabe.

La guerra civil en Siria da visos de que se está cronificando: los muertos han dejado de ser noticia, los medios han apagado micrófonos y la solución política al conflicto se encuentra entrampada. Nace la indolencia, veneno para la memoria.

Te puede interesar:  Muy interesante

El país del gran poeta y diplomático Nizar Qabbani, cuyo prestigio se desplegó en el mundo árabe, ha desaparecido.

Un vector bélico ha atravesado a su economía, sociología y demografía. No solo atravesado, destruido.

Si un sirio que hubiera permanecido durante una década fuera de su país, decidiera regresar, no lo reconocería. Son muchos sirios, la mitad de la población, los que se han desplazado en el interior del país o refugiado en otras naciones, debido a la guerra civil. Eran 21 millones, quizá 10 millones permanezcan en sus hogares.

En México, Estados Unidos y Brasil, entre otras partes del mundo, es común encontrar nodos familiares que han sufrido el impacto de la Covid-19. En Siria, es común encontrar a personas que perdieron a sus familiares en el campo de batalla o que, en el mejor de los casos, permanecen en la cárcel o padecen de alguna discapacidad.

Su índice de desarrollo refleja la dimensión de la barbarie del siglo XXI. Entre 2010 y 2020 Siria cayó 40 escalones: del lugar 111 del mundo ahora permanece en el sitio 151 de un total de 189 naciones.

En 2011, quienes apoyaban al presidente sirio Bashar al-Asad amenazaban a quienes deseaban destituirlo con un grito temerario: Bashar o quemaremos el país. Tenían razón, quemaron el país.

Te puede interesar:  Cuauhtémoc Gutiérrez, difícil de esconder

Benjamín Barthe, corresponsal de Le Monde en Beirut replantea el dilema en la actualidad: Asad o el país carbonizado. Sumisión o destrucción.

Asad fue recuperando territorios arrebatados por sus opositores: Qoussair en 2013, Homs en 2014, Alepo y Daraya en 2016, Douma y Deraa en 2018.

En la actualidad existen zonas controladas por los opositores de Asad: en el noroeste de Idlib, por ejemplo, se encuentra asentado el grupo islamista Hayat Tahrir Al-Cham apoyado por el autócrata turco Erdogan.

Una milicia kurda se mueve por el noroeste del país. Kurdos, enemigos de Erdogan. Un presidente que se ha convertido en califa.

La barbarie siria ha dejado 500,000 muertos durante la década que ha durado la guerra civil. Detrás de las cifras queda el recuerdo de un poema de Nizar Qabbani: “Siempre que pensé en dejar el poder/ Mi conciencia me lo negó/ ¿Quién, después de mí, gobernará a esta gente?/ ¿Quién los castigará con 90 latigazos?/ ¿Quién los crucificará en los árboles? (…)”

Posiblemente Asad se va a la cama leyendo a Qabbani.

@faustopretelin

Este contenido fue publicado originalmente en: Link

Social Media Auto Publish Powered By : XYZScripts.com