Opinión

La corriente antimonopolio está de vuelta en Estados Unidos

Con un impulso creciente detrás de los esfuerzos para reformar y fortalecer la aplicación de las leyes antimonopolio en Estados Unidos, es posible que pronto crezca la dimensión del enfrentamiento contra una tendencia de décadas hacia una mayor concentración del mercado. Pero la aplicación por sí sola no curará lo que aflige a la economía estadounidense, especialmente cuando los propios consumidores estadounidenses están enamorados de los monopolistas.

CHICAGO – El presidente Joe Biden está señalando que su administración será dura con el monopolio. Con los nombramientos de los profesores de derecho de la Universidad de Columbia, Timothy Wu, en el Consejo Económico Nacional de la Casa Blanca y Lina Khan en la Comisión Federal de Comercio (FTC), ha seleccionado a dos conocidos defensores de la ruptura de los monopolios de las grandes tecnologías.

Además, estos nombramientos se producen inmediatamente después de un importante proyecto de reforma antimonopolio que Amy Klobuchar, de Minnesota, presentó en el Senado de Estados Unidos el mes pasado. El proyecto de ley de Klobuchar tiene como objetivo reforzar la aplicación de las leyes antimonopolio de varias formas. Aumentaría los fondos para la Comisión Federal de Comercio y la División Antimonopolio del Departamento de Justicia, establecería nuevas oficinas gubernamentales para investigar y monitorear el cumplimiento de las leyes antimonopolio y las condiciones del mercado, imponer nuevas sanciones civiles a los infractores y exponer a las empresas a la responsabilidad por prácticas comerciales anticompetitivas que actualmente aprovechan ambigüedades o imprecisiones en su interpretación.

Se prevé que el proyecto de ley recibirá una feroz oposición de los republicanos, pero hay buenas razones para pensar que el impulso antimonopolio en Estados Unidos continuará. Ya durante la presidencia de Donald Trump, el Departamento de Justicia y la Comisión Federal de Comercio iniciaron investigaciones sobre la industria de la tecnología, que (hasta ahora) han dado lugar a demandas contra Google y Facebook -presentadas justo antes de que Trump dejara el cargo.

Si bien puo ser simplemente la inconformidad de Trump con las empresas tecnológicas, culturalmente liberales, lo que puso bajo fuego a burócratas que antes estaban somnolientos, otros republicanos también han comenzado a repensar su oposición tradicional a la responsabilidad antimonopolio.

La ley antimonopolio ha superado durante mucho tiempo las divisiones ideológicas en los Estados Unidos. Aunque implica una “intervención” significativa en el mercado por parte de agencias reguladoras y abogados privados (que los republicanos detestan), el objetivo de tales intervenciones es preservar la competencia económica (que los republicanos aparentemente favorecen).

Hace décadas, los economistas y abogados de tendencia conservadora lograron cuadrar este círculo al afirmar que los mercados se corrigen a sí mismos: debido a que los monopolios generan ganancias descomunales, son objetivos jugosos para otros actores del mercado. Además, debido a que los reguladores y los tribunales son desesperantemente poco sofisticados en materia de economía e industria, cualquier intento por su parte de hacer cumplir la ley antimonopolio haría más daño que bien.

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Tales reflexiones proporcionaron una excusa conveniente para que los republicanos afirmaran que estaban tanto a favor del mercado como a favor de las empresas, lo que les permitió recibir contribuciones financieras de empresas que no tenían interés en un mercado libre.

Las empresas temen a la competencia, porque reduce las ganancias, pero los tiempos han cambiado y no sólo por las preocupaciones sobre las grandes tecnologías. Una amplia gama de mercados en Estados Unidos, desde aerolíneas hasta comunicaciones inalámbricas, se han concentrado más en las últimas décadas. Si bien el cambio tecnológico puede desempeñar un papel en esta tendencia, también refleja una inexistente o al menos inconsistente aplicación de las leyes antimonopolio desde la década de 1970.

En su libro de 2019, The Great Reversal: How America Gave Up on Free Markets, el economista de la Universidad de Nueva York Thomas Philippon traza la creciente concentración de los mercados de Estados Unidos y establece un marcado contraste con los mercados de Europa, que se volvieron más competitivos durante el mismo período, debido en gran parte a una ley antimonopolio más agresiva (o «ley de competencia», como se la conoce en todas partes fuera de las fronteras de Estados Unidos).

Philippon encuentra que una ley antimonopolio más débil en Estados Unidos ha propiciado una mayor concentración del mercado y un comportamiento más anticompetitivo, lo que a su vez ha llevado a un menor crecimiento, precios más altos y una mayor desigualdad.

Además, investigaciones económicas recientes apuntan a dos problemas adicionales que antes se ignoraban. Primero, las grandes empresas que dominan los mercados dañan no sólo a los consumidores (al subir los precios), sino también a los trabajadores (al bajar los salarios). Los mercados laborales en Estados Unidos están altamente concentrados, lo que significa que los empleadores pueden, y muy probablemente lo hagan, reducir los salarios muy por debajo de la tasa competitiva.

Después de décadas en las que los economistas asumieron que los mercados laborales eran altamente competitivos, esta sorprendente nueva investigación tiene implicaciones revolucionarias para la ley antimonopolio. Por ejemplo, como reconoció recientemente el gobierno de Estados Unidos, las fusiones deben revisarse por sus efectos anticompetitivos en los salarios, no solo en los precios, como era la tradición.

En segundo lugar, la concentración del mercado ha socavado el funcionamiento eficiente de los mercados de capitales. Investigaciones recientes muestran que solo un puñado de inversionistas institucionales, incluidos BlackRock y Vanguard, han acumulado una enorme cantidad de poder económico; y algunos economistas han encontrado evidencia de que esta consolidación está conduciendo a precios más altos en otros sectores, como la industria de las aerolíneas.

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Otros no están de acuerdo, y los inversionistas institucionales afirman estar usando su poder para el bien, presionando a las corporaciones para que se comporten con mayor responsabilidad. Entonces la cuestión es, no si estos gigantes tienen poder, sino cómo lo están utilizando. ¿Realmente están siguiendo estrategias de nobleza obliga o simplemente están tratando de maximizar las ganancias, como uno esperaría normalmente? Cualquiera que sea la respuesta a esta pregunta, no hay duda de que la economía estadounidense es oligopólica y cada vez más esclerótica. Unas pocas demandas contra Big Tech no reactivarán la competencia. El proyecto de ley de Klobuchar tampoco puede considerarse más que un admirable primer paso.

El Congreso también debe eliminar varios obstáculos a la aplicación de las leyes antimonopolio que la Corte Suprema ha erigido a lo largo de los años. Empleando una estrategia de muerte por mil recortes, la Corte ha introducido barreras procesales a los litigios antimonopolio, ha limitado el alcance de las acciones colectivas, ha eliminado las presunciones que anteriormente ayudaban a los demandantes e inculcado una cultura de sospecha hacia las demandas antimonopolio entre los tribunales inferiores.

Se necesitará un esfuerzo concertado por parte del Congreso y la administración Biden para revertir décadas de negligencia antimonopolio. Y su mayor desafío puede estar en un lugar inesperado: la opinión pública. Si bien a muchos progresistas les gusta evocar la Edad Dorada -cuando un movimiento antimonopolio de base ayudó a que se aprobaran las primeras leyes antimonopolio-, existen grandes diferencias entre entonces y ahora.

En aquel entonces, los monopolistas como Standard Oil eran ampliamente odiados, y los caricaturistas los describían como pulpos malévolos. Ahora, los monopolistas tecnológicos se encuentran entre las empresas más admiradas de Estados Unidos. Especialmente en el contexto de la pandemia, millones de estadounidenses han dependido de Amazon para los artículos del hogar y han utilizado Facebook para mantener el contacto con familiares y amigos.

Casi todo el mundo ahora es adicto a Netflix, YouTube y sus teléfonos inteligentes. Algunas de estas personas servirán como jurados en casos antimonopolio, otras como jueces, y todos ellos son potenciales votantes. Los cambios legales y regulatorios están atrasados, pero queda el arduo trabajo de transformar la opinión pública.

El autor

Eric Posner, profesor de la Facultad de Derecho de la Universidad de Chicago, es el autor, más recientemente, de The Demagogue’s Playbook: The Battle for American Democracy from the Founders to Trump.

Copyright: Project Syndicate, 2020

www.projectsyndicate.org

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