Opinión

La música de la pandemia

Foto: Reuters

 

Hace exactamente un año documentamos en este espacio el inicio de la cuarentena musical. Fueron las primeras noticias sobre cancelaciones de festivales masivos y conciertos que poco a poco se expandieron sobre el mapa hasta dejarnos en silencio. Los festivales de Coachella, South By Southwest, Lollapalooza, Glastonbury y las giras de un centenar de artistas se sumaron a las listas de eventos cancelados, que tuvieron que ingeniárselas para transmitir desde su casa o en alguno que otro experimento con trucos tecnológicos. Aquel virus de nombre pequeño que hace un año apenas conocíamos cambió nuestra manera de relacionarnos con la música y propinó un golpe duro a la industria musical.  

De acuerdo con el reporte anual de Pollstar, la publicación de la industria del entretenimiento, la industria de los conciertos a escala mundial registró pérdidas por 30,000 millones de dólares durante el 2020, de las cuales 9,100 millones de dólares representaron sólo a las pérdidas por boletos no vendidos. La cifra engloba también la derrama que se genera en un evento masivo desde los costos del estacionamiento, las concesiones para la venta de alimentos y bebidas y la playerita del recuerdo de su artista favorito que todo fan quiere tener cuando asiste a un concierto. Los músicos no fueron los únicos que la pasaron mal. La gente que está detrás de estas industrias se quedó sin ingresos y eso propició que se impulsaran iniciativas para salvar foros locales en distintas partes del mundo —entre ellos el legendario Cavern Club de Liverpool, que vio nacer a The Beatles.

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Cuando los escenarios apagaron las luces, hubo unos meses donde conocimos virtualmente las salas y los estudios de algunos músicos que para pasar el tiempo lanzaron discos desde el encierro. Primero nos deslumbró Fiona Apple con Fetch the Bolt Cutters, su quinto álbum que fue grabado principalmente en su casa de Venice Beach, California y donde utilizó sonidos poco convencionales de objetos de la casa para crear percusiones y ambientes sonoros.

Pero fue la cantante estadounidense Taylor Swift quien sorprendió con sus álbumes Folklore y Evermore que borraron las líneas entre el pop y el indie con sus colaboraciones con The National y Haim. La música grabada en una remota cabaña en medio del bosque le dio un aura de magia a estas canciones y también mostraron la madurez de Swift como compositora: un salto musical hacia nuevos terrenos.

En otro lado del mundo, el grupo de rock Fobia hizo el primer especial de MTV Unplugged desde el aislamiento, donde una de las bandas de rock mexicano más importantes de los años recientes reimaginó su historia musical de más de tres décadas con nuevos arreglos e instrumentos de juguete.

La cantante de country Dolly Parton se convirtió en una de las figuras más celebradas por sus aportaciones para la investigación de la vacuna del laboratorio Moderna contra el Covid-19, a la que aportó 1 millón de dólares. Parton nos demostró que podíamos ser más provechosos que Ian Brown o Van Morrison, dos cantantes que se han convertido en un par de conspiranoicos alimentados por teorías de conspiración, siendo su principal inspiración para sus nuevos himnos y ridículas canciones.

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Ante toda esta falta de música en vivo, las ventas de instrumentos registraron un aumento durante 2020. El fabricante de guitarras Fender reportó un aumento de 92% en las ventas de sus guitarras de línea media posterior a marzo del 2020 mientras que The New York Times profesaba al documentar el fenómeno en noviembre: “¡Las guitarras están de regreso!”.

La pandemia nos ha hecho anhelar de nuevo los conciertos. Nos quitó temporalmente un lugar de reunión y comunión colectiva, donde veíamos a los amigos y bailábamos sin parar. Esta enfermedad de nombre pequeño ha hecho que cambiemos nuestra forma de escuchar música y desacelerar el ritmo frenético. Si todo sale bien, los primeros conciertos regresarán hacia finales de este año, pero por lo pronto tendremos que seguir bailando y haciendo ruido desde el garaje.  

 

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