Opinión

La vida de las mujeres sólo la podemos cambiar en conjunto

A lo largo de mi vida, he sido testigo de un proceso largo, conflictivo y necesario: el ascenso del feminismo, es decir, la lucha en contra de la inequidad y la violencia de género, la batalla cotidiana para terminar con los privilegios que los hombres tenemos.

Hace un año, en la coyuntura del Día Internacional de la Mujer, cansadas de los feminicidios e impulsadas también por los efervescentes movimientos feministas en todo el mundo, las mujeres mexicanas tomaron las calles y alzaron la voz con más fuerza que nunca. Nuestro país se pintó de morado. Muchas decidieron no presentarse a trabajar para evidenciar su importancia en las actividades productivas, al tiempo que nosotros, los hombres, nos vimos obligados a sentarnos y reflexionar.

El machismo y la desigualdad de género son problemas sistémicos, lo que significa que atraviesan todas las esferas de la vida, desde el ámbito social hasta el privado. Si algo nos ha enseñado el feminismo de los últimos cincuenta años es que, como decía Carol Hanisch, lo personal es político. En otras palabras: hay que luchar desde la trinchera política, pero también en nuestra cotidianidad, sobre todo, en un país como el nuestro, donde la desigualdad, la violencia y el machismo han echado raíces profundas.

Uno de los síntomas más descarnados, atroces y preocupantes de la violencia machista son los asesinatos de mujeres: el año pasado, 2240 mujeres perdieron la vida de forma violenta. Entre estos casos, se registraron oficialmente 969 feminicidios, lo cual implica que, en promedio, son asesinadas 2.6 mujeres al día por causas específicamente de género.

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Pero los asesinatos en general y los feminicidios en particular son solamente la expresión última de un problema mucho más sutil y complejo, casi invisible. De acuerdo con el Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública, en 2020 se registraron 4050 presuntos delitos de violencia de género, una cifra que, por desgracia, ha venido aumentando paulatinamente en los últimos años, pues en 2019 hubo 3180 casos mientras que en 2018 la cifra fue de 2255.

Lamentablemente, el Secretariado Ejecutivo no ofrece información estadística precisa acerca de la violencia familiar que padecen sólo las mujeres. Sin embargo, no por ello deja de ser relevante apuntar que dicho fenómeno también ha crecido: en 2018 hubo 180,187 presuntos delitos de violencia familiar, la cifra fue de 210,158 en 2019 y, terriblemente, de 220,039 en 2020. Todo lo anterior, sin contar ese enorme número de delitos que, por una causa o por otra, no llegan a oídos de las autoridades.

La violencia es causada y tiene como consecuencia la falta de independencia económica y laboral de las mujeres. En México, se ha formado un círculo vicioso en donde las mujeres no pueden trabajar en condiciones iguales a las de los hombres y, por lo tanto, se ven obligadas a convivir y depender de quienes las violentan, dificultando su inserción cabal a las actividades productivas.

Los datos no mienten: en 2020, la tasa de participación económica fue de 75.8% en hombres y 49% en mujeres. Al tiempo que la violencia se multiplicaba, las mujeres tuvieron que dejar de trabajar. Además, las injusticias también se manifiestan en el salario, ya que la brecha salarial de género en México es de 18.8%, cuando la media de los países de la OCDE es de 12.9%.

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El panorama para las mujeres parece desolador. Un falso diagnóstico afirmaría que, justo cuando los movimientos feministas estaban tomando el impulso deseable, la pandemia de Covid-19 y las medidas de distanciamiento social vinieron a desarticular la organización femenina y a exacerbar los problemas de género.

No obstante, la conmemoración de este 8 de marzo y las acciones que mediante las redes sociales han orquestado las mujeres demuestran que, para ellas, lucha no se ha detenido ni un instante. El lema que han elegido, “hacer visible lo invisible”, es doblemente acertado, pues prueba que, pese a la pandemia, el feminismo continúa trabajando, y nos recuerda que la violencia y la desigualdad anidan incluso en los lugares más inesperados.

Este 2021, a mitad de la crisis sanitaria, económica, laboral y social más grande que he vivido jamás, estoy convencido de que el feminismo es más necesario que nunca.

*El autor es director general de TallentiaMX.

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