Leyes y gobierno

Por la pandemia, 326,000 niñas, niños y adolescentes empezarán a trabajar en AL

La OIT hizo el lanzamiento en América Latina del Año Internacional para la Eliminación del Trabajo Infantil. En el evento informó que los avances de una década se han perdido en tan sólo un año de la crisis por la covid-19.


La población infantil trabajadora en la región era de más de 10.5 millones, pero la pandemia de covid-19 hará que cientos de miles más de niñas, niños y adolescentes tengan que laborar. El cálculo de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal) es que entre 109,000 y 326,000 menores de edad se sumarán a esta situación.

Aunque para México la proyección es que esa población podría incrementar de 3.3 a 5 millones. El cierre de escuelas y la pérdida de ingresos de las familias aumentará la “incorporación prematura de niñas, niños y adolescentes al mercado laboral y en condiciones precarias”, alertó Alicia Bárcena, secretaria ejecutiva de la Cepal.

La funcionaria participó en el lanzamiento para Latinoamérica del Año Internacional para la Eliminación del Trabajo Infantil, declarado por la Organización de las Naciones Unidas (ONU). Todo esto es un “claro retroceso” de lo logrado, dijo en el evento en línea.

Vinícius Pinhero, director regional de la OIT, había subrayado antes que, en tan sólo un año, esta crisis está desapareciendo los avances de toda una década. En ese periodo, el trabajo infantil en todo el mundo había disminuido 38 por ciento. Pero aun la cifra era muy alta: 152 millones de niños y niñas que trabajaban.

El impacto de la pandemia en la pobreza monetaria afectará a 51.3% de la población infantil en la región, según la Cepal. Por ello, Alicia Bárcena llamó a los gobiernos a priorizar recursos para la infancia y recomendó que el acceso a la protección social y la salud sea universal.

Otra medida importante, añadió, es otorgar un ingreso básico de emergencia a las niñas, niños y adolescentes. “Y, sobre todo, garantizar la educación para todos, sin discriminación, con estándares de calidad y adaptación a las nuevas tecnologías”.

La niña niñera

“La pobreza tiene rostro de niña y niño”, dijo Alicia Bárcena. Señaló que el trabajo infantil es producto de las cadenas de desigualdad que enfrentan muchas personas a lo largo de su vida y que pasan de generación en generación.

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Quizá la activista Sofía Mauricio Basilio pudo explicarlo mejor. Ella dirige la organización La casa de Panchita, formada por trabajadoras del hogar. “Soy la tercera de seis hijos de una mujer andina iletrada: mi madre, María Basilio”, explicó.

A los 7 años comenzó a trabajar en el servicio doméstico en un pueblo cercano a su comunidad, en la provincia de Cajabamba, en Cajamarca, “una de las tres regiones más pobres de Perú”.

Embarazada de su quinto hijo, María Basilio se quedó sola, contó la activista. “Qué hacer ante el llanto de hambre de sus hijos: su única salida fue llevarme al pueblo y ver quién me aceptaba para trabajar”. Demoró un poco, pero logró que una familia la aceptara, narró. Así como ella misma demoró entre frase y frase, evitando llorar al recordar.

“Era una niña de 7 años y tuve que enfrentarme al choque cultural al pasar de la zona rural a la urbana. De estar en casa con mis hermanos y mi madre a vivir con personas extrañas, quienes me pedían hacer trabajos de adultos”.

Cuando su trabajo no complacía a esas personas, “venía lo que tanto temía: el maltrato y la violencia. Y el dolor que eso me causaba dolía más allá de mi propio cuerpo, me hacía sentir que no valía para nada”.

La mamá de Sofía Mauricio iba de cuando en cuando a visitarla y preguntar cómo estaba. Pero nunca le dijo lo que ocurría para no entristecerla y porque era amenazada por esa familia.

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Años después le pidió a uno de sus hermanos mayores, quien también había sido trabajador infantil, que la llevara a la capital, Lima. Creía que allá le iría mejor. “Cuán equivocada estaba: a los 12 años era una niña niñera, cuidando a un bebé de 15 días”. El maltrato psicológico, físico y el intento de violación sexual continuaron.

La indiferencia es complicidad

Este año internacional para erradicar el trabajo infantil “es un llamado para convertir los compromisos en acciones”, indicó Guy Ryder, director general de la OIT. Y que éstas sean “más decididas y enérgicas”. Los esfuerzos deben venir del gobierno, de las personas empleadoras, de la sociedad civil organizada y de la ONU.

Recordó que en 2021 el Convenio 182 sobre las peores formas de trabajo infantil alcanzó la ratificación universal, lo cual “es un hito histórico”. Pero no es suficiente, aclaró. El aumento de la pobreza, la caída de los salarios familiares y cierre de las escuelas están contribuyendo al incremento en el trabajo infantil.

Sofía Mauricio, quien por casi 30 años continuó siendo trabajadora del hogar, antes de crear una organización en defensa de esa organización, exigió que las leyes y políticas contra el trabajo infantil vayan acompañados de recursos.

“Mi historia se repite en millones de niñas y niños”, dijo al llamar a la sociedad a involucrarse en este tema. El trabajo infantil es muy diverso, “pero en todos los casos nos deja cicatrices”, agregó.

Vinícius Pinhero, director regional de la OIT apuntó: “la indiferencia es una forma de complicidad. No podemos ser cómplices de lo que está pasando, que es el aumento del trabajo infantil”.



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