Opinión

La delirante estrategia


No hay otro adjetivo. No se trata de si los gobiernos estatales quieren comprar vacunas inexistentes en el mercado o si las elecciones de medio año empujan a los gobernadores a meter su cuchara para culpar al gobierno federal de la catástrofe y lavarse las manos. 

No. Se trata de la estrategia misma. Esa que, no se rían, decidió construir una estructura completamente nueva para vacunar a los mexicanos contra el Covid19 haciendo caso omiso de la internacionalmente reconocida política de vacunación nacional, que no era ni de los tirios ni de los troyanos, sino del sistema federal cooperativo y solidario: el gobierno federal ponía los lineamientos tomando en cuenta a los estados, las instancias nacionales como la Cofepris ponían los permisos y la estrategia completa descansaba en la infraestructura de salud estatal, con su red de frío, su personal y sus centros de salubridad. 

Ah, pero como todo tiempo pasado fue neoliberal, ahora la idea es que doce personas formen brigadas, que los gobernadores se queden mirando, que el Sistema Nacional de Vacunación sirva para los libros de historia y ya que estamos viendo burro, agarremos viaje poniendo a brigadistas de programas sociales que nada tienen qué ver con la vacuna. Digo, para aprovechar a los militares que van a estar cuidando a los dos vacunadores. 

Es delirante, es de pequeña política y es criminal. Nadie escuchó a Colima decir que su estrategia de vacunación tenía que priorizar el puerto de Manzanillo (por ejemplo) y no a los tapatíos sexagenarios retirados en sus casas de descanso. Nadie escuchó a los estados del norte para priorizar por zonas (las fronterizas) y no por sectores etarios. A nadie le importa que en la Ciudad de México la columna vertebral de contagios esté en la población adulta trabajadora que utiliza el transporte público. 

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La incompetencia del zar anticovid no es tan importante: él puede decir misa, total, será desmentido después por el Presidente, que a su vez no es la máxima autoridad en salud en momentos de emergencia. No, el Presidente ni da permiso ni lo quita para comprar vacunas, ¿dónde está (¡milésima ocasión que se pregunta!) el Consejo Nacional de Salubridad? Ese Consejo que no, no es un formalismo burocrático, sino la voz que manda en emergencias. 

Todo indica que el objetivo de la estrategia nacional de vacunación es que nadie se salga de la estrategia nacional de vacunación. Que a nadie se le ocurra que el objetivo es vacunar al mayor número de mexicanos en el menor tiempo posible con criterios ponderados geográficamente para la dimensión de vulnerabilidad, factor de contagio o recuperación económica. 

No. El calendario ya se puso y se diseñaron brigadas del sol (perdón, correcaminos) y si tardan cuatro horas en vacunar al personal médico y se les pasa la segunda dosis, eso es otro tema, lo importante es que ninguna autoridad subnacional ni entidad privada vacune a alguien, ¡cómo se les ocurre! ¡Ni que sirvieran 50 años de experiencia en el tema! 

Hoy por hoy y diga lo que diga Putin, sólo dos farmacéuticas tienen autorización de emergencia para vender biológicos en México: Pfizer y AstraZeneca. Esta autorización de emergencia limita su distribución entre privados, pero ahora resulta que por acuerdo (porque ojo, ahora los acuerdos están por encima de la Constitución), un acuerdo  firmado por el secretario de salud, los privados que consigan la vacuna, si la consiguen, tienen permiso para ponerla. Pero en el orden que diga Alcocer. 

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¿Perdón? ¿Se reunió el Consejo Nacional de Salubridad? La Cofepris, que es-era una instancia con autonomía tiene algo que decir al respecto? ¿Por acuerdo convierte el secretario una cautelosa autorización en una autorización ordinaria? 

Y no, no se trata de quién compra qué y cómo. Se trata de correr el velo y mostrar la verdadera naturaleza del rumbo marcado por tres personas: Jorge Alcocer, Andrés Manuel López Obrador y Hugo López Gatell. Tres personas. Dos y media. A veces una. ¿Y cuál es ese rumbo? El caos, como se ve. 

La estrategia es delirante y a pesar de todo, me piden que le desee suerte a este gobierno. Pues sí, como dicen los japoneses, si el trabajo no puede rendir frutos, sólo queda la suerte. Pues buena suerte entonces; la necesitamos.